De Regreso a la Cruz

by Chip Brogden

(traducción de Miguel Gonzalez)

“Me propuse más bien, estando entre ustedes, no saber de cosa alguna, excepto de Jesucristo, y de éste crucificado” (1 Corintios 2:2).

A pesar de que Pablo tenía algo de conocimiento y muchas cosas qué decirles y enseñarles a los Corintios, él se determinó a convertirse en un hombre que únicamente conociera de un tema: Jesucristo, y Él crucificado.

Debemos hacernos tontos para ser sabios.

Debemos rendirlo todo para obtenerlo todo de vuelta.

Debemos hacernos débiles para ser fuertes.

Debemos morir para vivir.

Podemos citar estas enseñanzas de Jesús, buscar imitarlo colocándolo como nuestro Ejemplo, esforzarnos por caminar por el Camino angosto, e incluso realizar muchas buenas obras en Su Nombre. Pero sin la Cruz esas actividades son madera, heno y hojarasca. Justo en el momento en que somos confrontados por la dificultad, caeremos. Quizás podamos aparentar ser pacientes, pero vendrá el día en que perderemos nuestra paciencia. Quizás podamos aparentar ser amables, pero vendrá el día en que nuestra rudeza es revelada. Quizás podamos aparentar ser humildes, pero vendrá el día en que el orgullo salga al descubierto en nosotros y caeremos. Quizás podamos obedecer la letra de la ley y aparentar por fuera para los demás que somos rectos, pero cuando estamos solos y nos enfrentamos con los secretos de nuestro corazón y de nuestra mente, descubrimos que el interior de la copa está lleno de suciedad.

Al llamarnos a regresar a la Cruz, Dios nos está pidiendo que dejemos en el suelo nuestras vidas y adoptemos la Sabiduría de la muerte, entierro, resurrección, y ascensión para que podamos vivir como hijos e hijas dentro del Reino de Dios. Sin la Cruz no podemos ni entrar en el Reino ni vivir en el Espíritu, no importa cuán grandemente lo deseemos. Sin la Cruz no podemos saber lo que significa dar la otra mejilla, caminar otra milla, amar a nuestros enemigos, u orar por aquellos que nos persiguen. Sin la Cruz no podemos saber lo que es someternos a la voluntad de Dios, aceptar el sufrimiento, o descansar en Él. Sin la Cruz o podemos conocer lo que es la Resurrección.

La religión busca reformar al hombre; la Cruz busca crucificarlo. La religión puede fallar en conseguir el resultado deseado, pero la Cruz nunca falla en lograr su propósito. La humanidad puede perseguir la moralidad, la virtud, la espiritualidad, e incluso desarrollar obras religiosas y buenas para evitar la muerte en la Cruz. Pero entonces no habrán heridas, cicatrices, ninguna evidencia de haber muerto alguna vez ni de haber sido levantados a la vida bajo Dios. O un ser humano nunca ha muerto, o bien ha muerto y ha sido levantado a la Vida. Tú no puedes falsificar una resurrección.

La Cruz es el medio por el cual Dios nos reduce a Cristo, para que podamos ser levantados a una nueva Vida. Lo que no puede ser logrado por toda una vida de esfuerzo propio es logrado fácilmente en Dios a través de la Cruz. Podemos tomar muchos atajos a lo largo del camino e intentar escapar de lo inevitable, pero el día en que dejemos de luchar y aceptemos humildemente la Cruz encontraremos que todo es hecho por nosotros. De hecho, la muerte por crucifixión no puede ser hecha suicidándose. No podemos crucificarnos a nosotros mismos. El instrumento de nuestra muerte es escogido por nosotros, así como la manera en la que lo llevamos. El tiempo y la duración de la ejecución – todo eso es controlado por Otro. No hay nada que se pueda hacer, por lo que debemos someternos a la Mano Invisible y despojarnos a nosotros mismos completamente delante de Él.

Si vamos a seguir a Jesús, debemos tomar la Cruz diariamente, negarnos a nosotros mismos, y seguirlo (Lucas 9:23).

La Cruz Es Sabiduría A Través de la Insensatez

El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios (1 Corintios 1:18).

Existe una sabiduría que viene de arriba. Esa sabiduría es contraria a la sabiduría que es terrenal. Nuestros pensamientos, razonamientos, argumentos, ideas y opiniones no tienen ningún valor a los ojos de Dios. Se nos manda a tener la mente de Cristo y a buscar la Sabiduría que viene de Dios.

Humanamente hablando, la Cruz no tiene sentido. Si nos acercamos a Dios sólo con nuestras mentes entonces jamás lo conoceremos. Si estudiamos la Cruz para obtener una nueva enseñanza o doctrina, ella no nos dejará ningún tipo de huella en nosotros. De hecho, podemos memorizar los versículos apropiados de la Escritura, incluso enseñarle a otros lo que hemos aprendido, nunca experimentar su realidad. Cuán fácil y libremente podemos hablar acerca de morir al Ego, tomar la Cruz, y vivir la vida crucificada. Pero conocimiento sin experiencia es igual a nada. De hecho, el conocimiento sin experiencia solamente nos engaña llevándonos a pensar que estamos viviendo algo sólo porque somos capaces de repetir algunas cosas mentalmente. Eso no sirve para nada en cuanto a los asuntos espirituales.

Debemos pedirle a Dios que nos vacíe de ideas y nociones preconcebidas y nos llene luego con Su Mente. Debemos renunciar a nuestra sabiduría y recibir Su Sabiduría. Su Sabiduría es la manera en que Él ve las cosas. Como las vemos nosotros es irrelevante, y nos llevará por un camino equivocado. Sus Caminos y Sus Pensamientos son más altos que nuestros caminos y nuestros pensamientos. La Cruz es el medio por el cual Dios busca destruir nuestra sabiduría terrenal y nuestra mente carnal. La Cruz, por lo tanto, es sabiduría a través de la insensatez.

La Cruz es Ganar Perdiendo

Para acumular más, con frecuencia pensamos que se debe añadir a lo que ya tenemos. La Sabiduría de Dios nos enseña que para ganar, tú debes perder primero. Piensa en un niño que se rehúsa a dejar ir sus juguetes viejos y rotos para poder recibir unos nuevos de su papá. Para su mente él está perdiendo algo. Pero al dejarlos, perdiendo, él gana.

Al igual que ese niño, nosotros tercamente nos rehusamos a soltar nuestras manos de nuestras posesiones espirituales. Tenazmente nos aferramos a las cosas como un niño se aferraría a una colección de juguetes rotos. Nosotros atesoramos enseñanzas, experiencias, y buenas obras, señalándolas como prueba de que estamos equipados espiritualmente. Hasta que estemos dispuestos a abandonar nuestras “riquezas” no seremos capaces de recibir las verdaderas Riquezas de Cristo en nosotros. La Cruz demuestra que no ganamos al intentar obtener, sino al perder para ganar. No podemos recibir realmente de Dios hasta que hayamos aprendido a rendirle, a darle a Dios. Ése es el espíritu que llora, “No mi voluntad, sino la Tuya sea hecha” y “Padre, en Tus Manos encomiendo mi espíritu”.

Esas palabras pueden ser dichas con facilidad, pero no podemos apreciarlas o experimentarlas realmente hasta que hayamos pasado a través de nuestras experiencias Getsemaní y nuestras experiencias Gólgota. Hasta que pasemos por ellas solamente estamos recitando unas palabras, pero no conocemos verdaderamente lo que significa rendirnos nosotros mismos a Dios, o estar totalmente consagrados y sometidos a Él. La Cruz nos prepara para recibir obligándonos primero a rendir, a entregar. Por lo tanto, la Cruz es ganancia a través de la pérdida.

La Cruz es Poder a Través de la Debilidad

Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos (1 Corintios 1:27).

Para el pensamiento natural, el poder y la debilidad son opuestos. Es decir, para tener poder, debemos eliminar la debilidad. La Sabiduría de Dios nos enseña de manera diferente. Esta Sabiduría nos die que las cosas débiles han sido elegidas para vencer a las cosas poderosas, y que el poder trabaja concurrentemente con la debilidad.

La Cruz tiene el propósito de infligir dolor, debilitar y matar lentamente. Es la expresión última de la debilidad. La victima es desnudada y clavada a la madera por sus manos y sus pies. Su peso es soportado por sus piernas hasta que las mismas están demasiado cansadas para soportar. Cuando las piernas se rinden el peso entero es soportado por los brazos estirados (para acelerar el proceso las piernas a veces eran quebradas). La cavidad torácica es eventualmente desencajada de este trabajo y la indefensa víctima muere lentamente de asfixia mientras los pulmones colapsan.

El crucificado difícilmente puede moverse, mucho menos luchar. Una vez que los clavos están en su sitio no existe manera de removerlos. Tú no puedes llevar nada contigo, y no te queda nada. No puedes ni acelerar ni enlentecer tu muerte. La vergüenza de tu desnudez está expuesta para que todos vean. Además del sufrimiento físico, el alma es despojada de su dignidad y orgullo. No hay escape.

Dios desea darte poder, pero ese poder solamente viene a través de la debilidad. Cualquier poder que no se obtenga a través de la debilidad es ilegitimo, sin importar cuán espiritual aparente ser. El único poder legítimo le es concedido a aquellos que han sido hechos débiles. El poder nace de la debilidad. Muchos exudan cierta clase de “poder” pero no vemos la debilidad correspondiente. Por lo tanto, el poder solamente les da ocasión de jactarse. Para remediar esto, Dios ha ordenado que todo aquel que vaya a tener Su poder deba ser primero debilitado y vaciado – a esto le llamamos ser “quebrantado”. El propósito de la debilidad y el sufrimiento es abrirle la puerta a Su poder. El instrumento que Dios usa para debilitarnos es la Cruz. Por lo tanto, la Cruz es poder a través de la debilidad.

La Cruz es Vida Mediante la Muerte

He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí (Gal. 2:20a).

No puede existir Vida de Resucitada sin una Muerte por Crucifixión. En al ámbito natural esperamos que para poder vivir debemos evitar a toda costa la muerte. Sin embargo, la Sabiduría de Dios nos enseña que la Vida es hallada al abrazar la Muerte – es decir, en la medida en que morimos a nosotros mismos y abrazamos la Cruz, somos hechos vivos en Cristo.

Existe un principio de muerte que obra en nosotros. Tan pronto como nacemos, comenzamos a envejecer y a morir. De la misma manera, una muerte ordenada por Dios en la Cruz no es el fin, sino el comienzo. La Cruz opera la muerte en nosotros para que el Espíritu pueda operar Vida en nosotros. La Cruz mata aquello que necesita morir en nosotros, mientras que el Espíritu da Nueva Vida. La Cruz golpea y derriba, mientras que el Espíritu reconstruye. Sólo aquellos que han experimentado la Muerte pueden realmente ministrar Vida y hablar a hombres muertos.

Ahora bien, si no hemos aprendido lo que es morir diariamente, no experimentaremos la Vida de Dios diariamente. En una palabra, yo estoy muerto; y sin embargo estoy viviendo. Soy crucificado, sin embargo estoy vivo. Por una parte estoy siendo debilitado hasta la muerte y soy impotente; por otra parte, vivo por el poder de Dios y soy fortalecido con todo poder por Su Espíritu Quien vive en mí. En el momento en que dejo de experimentar la muerte, no obstante, en ese preciso momento dejo de experimentar la Vida, porque la Cruz es Vida por medio de muerte.

El Propósito de los Tratos de Dios

Te digo la verdad: cuando eras joven te vestías solo e ibas a donde querías. Pero cuando te vuelvas viejo estirarás tus manos y alguien más te va a vestir. Después te llevará a donde no quieras ir (Juan 21:18).

A pesar de que la actitud de nuestro corazón debe ser la de un niño, Dios desea que lleguemos a ser hombres y mujeres maduros. Él desea que crezcamos espiritualmente. Para lograr esto Él nos permite enfrentarnos a muchas circunstancias desagradables y pruebas.

Cuando somos jóvenes en el Señor hacemos lo que nos place. Encontramos mucho placer en servir al Señor de acuerdo a nuestra propia manera de pensar, y todo es ligero y sin preocupaciones. Vivimos una vida de sentir y de sensaciones. Somos movidos fácilmente por cómo nos sentimos. Si estamos felices, con gusto nos negamos a nosotros mismos y nos dedicamos al servicio. Pero cuando estamos tristes o tenemos problemas debido a nuestras circunstancias, nos sentimos como en un desierto. El Señor debe entonces estirarse y tomar a esa pequeña oveja y acercarla a Sí mismo de nuevo, y entonces nuestros sentimientos son restaurados y nuestra devoción es renovada con la misma intensidad anterior. Así son las cosas para los que son jóvenes: ellos se visten por sí mismos y van adonde desean ir.

Pero cuando somos mayores en el Señor, la vida de fe comienza en la medida en que nos atamos de manos en rendición y le permitimos a Otro que nos vista y nos lleve adonde no queremos ir. Ya no nos vestimos nosotros mismos y vamos por nuestro propio camino. Ya no caminamos, sino que somos llevados. Ya no consideramos nuestros propios deseos. Ya no podemos actuar conforme a nuestra propia voluntad separados de la voluntad de Dios. En vez de eso, nos sometemos definitivamente a los tratos de Dios para con nosotros. Reconocemos al fin que hasta el momento hemos estado llenos de nosotros mismos: hablando muchas palabras añadidas a las que Dios nos ha dado, y haciendo muchas cosas aparte de las que Dios nos ha llamado a hacer. De la misma manera, vemos que frecuentemente hemos fallado en hablar y actuar en muchas ocasiones, simplemente porque nos hemos amado a nosotros mismos más de lo que amamos a Dios.

Esa transición entre una vida de “sentir” y una vida de fe, de ser gobernados por el yo a ser gobernados por el Espíritu, no sucede en unos pocos días. ¿Qué diferencia la experiencia del joven de la experiencia del viejo? ¿Qué es lo que lleva a esa madurez? ¿Cómo se logra ese crecimiento? Al hablarle a Pedro, el Señor le está diciendo por cual tipo de muerte él va a glorificar a Dios (v.19). Sabemos que Pedro fue eventualmente crucificado de cabeza y murió como mártir. Pero la Cruz diaria de la auto-negación que Pedro llevó fue el medio por el que dios fue capaz de subyugar su naturaleza salvaje y transformarlo en un hombre de fe. Él fue un sacrificio viviente. La cruz física sobre la que él murió fue un testimonio de que él ya había dado su vida un millón de veces antes de ese acto final.

La muerte que Dios realmente busca en nosotros no es entregar nuestra vida física en un futuro, sino el entregar momento a momento nuestro ego. No es la muerte de mártir, que es un acto de una sola vez; es el morir diariamente y vivir para Dios lo que le da mayor gloria a Él. De hecho, aquellos que no se han negado a sí mismos en los asuntos aparentemente insignificantes del diario vivir encuentran difícil, sino imposible, entregar su vida física si les es requerido.

Dios nos está llamando a convertirnos en tontos para ser sabios; a rendirlo todo para tenerlo todo; a volvernos débiles para hacernos fuertes; a regresar a la Cruz y morir para que podamos vivir. En estas páginas esperamos comunicar este urgente llamado. Hoy, pidamos a Dios que apure esto en nuestros corazones, y que garantice que nos volvamos Gente de la Cruz, experimentando la Muerte del Señor para que podamos tener la Vida del Señor. Determinemos en nuestros corazones desde ahora en adelante no conocer nada, sino a Cristo y a Él crucificado; porque “un discípulo no está por encima de su maestro, sino que cada quien cuando está completamente entrenado será como su maestro” (Lucas 6:40).

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CHIP BROGDEN is a best-selling author, teacher, and former pastor. His writings and teachings reach more than 135 nations with a simple, consistent, Christ-centered message focusing on relationship, not religion. Learn more »

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